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La vez que me enamoré de un ñero.

 Camino hasta tener las medias rotas en los talones, sólo uso botas, y siempre estoy acompañada de algún desconocido que encontré en el camino haciéndole preguntas simples o hablando de cualquier cosa; soy como Forrest Gump, pero bogotana y con el cabello rojo. A veces para descansar, me gusta sentarme a observar gente en un parque, en una plaza, o en algún lugar medianamente decente. Me gusta almorzar en el Centro, en la estrella del Rosario, en esa plazoleta que huele como a palo santo y marihuana; siempre me siento en la silla que queda debajo del invasor Jiménez de Quesada; siempre se me acercan personas pidiendo monedas e incluso mi almuerzo, a veces me quieren robar, pero creo que se arrepienten.

Este día fue diferente, me encontré a Claudia, y mientras hablaba sin parar como de costumbre y me reía junto a ella, a lo lejos venía un hombre de ojos claros, con una mirada profunda. Mientras el hombre se acercaba hacia nosotras, algo en mí no podía parar de mirarlo, comencé a imaginar esa misma escena, pero en un bar, él llegando, mirándome, invitándome algo y ya, sólo hablando. Quería saber quién era y que hacía allí, seguía caminando directo hacia nosotras, y yo no podía dejar de estar nerviosa; de repente y sin darme cuenta dejé de hablarle a Claudia y ella también se quedó observándolo, pensé mil cosas antes de que pronunciara la primera palabra, porque como el desamor hace parte de mi vida, sólo creo ilusiones en extraños que jamás me corresponden y está bien divagar en la nada. Como buena enamoradiza y romántica, seguía perdida en la profundidad de sus ojos, imaginando mil escenas que podían pasar mientras él se acercaba con una mezcla de pena y miedo; nos miró de frente y bajó la mirada, parecía que no la había pasado muy bien y decentemente nos dijo:
-La buena- con un marcado acento calle- ¿de pronto las damas no tienen algo de comer que me regalen; alguna moneda o algo?, vean que hace horas no como.

 Yo entre estos nervios, sólo tenía unas monedas y se las dí, como una muestra de mi amor hacia él. No sé por qué, pero empezó a contar que era caleño y que hacía tiempo vivía en la calle; dijo algunas cosas más, pero mientras yo inventaba teorías en mi mente acerca de su vida, escuchaba de fondo su voz, porque soy bien distraída y me creo Sherlock Holmes. Yo no podía dejar de observarlo, era muy guapo, y debajo del costal con cartones, la mugre, el desgaste de su ropa, el zapato izquierdo diferente a la chancleta del pie derecho y el dedo lastimado de consumir bazuco, sumado a su acento de la calle, había un hombre gomelo, bonito y triste; ese man había hecho más por el medio ambiente que el presidente. Al volver de nuevo en mí, saqué una mandarina de la maleta y se la di, de esas que me deja mi abuelo en la mañana. Mientras tanto, imaginaba como sería ese tipo en una realidad paralela; pero levantó su costal de cartones, me miró y simplemente se fue. Yo me despedí con un suspiro, mientras imaginaba en cómo se vería bañado y bien vestido, sin esa ropa llena de vacíos y desamores, con esa suerte maldita y sin tantos carrazos de bazuco encima, sin dolores pasados, sin la melancolía de una vida mal llevada jodida por la coca, esa misma que mata en vida y mata indígenas.

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